Londres

Tras haber pasado todos los filtros de seguridad en el aeropuerto de la Ciudad de México, por fin me dirijo a la puerta de embarque del vuelo de British Airways con destino a Londres, Reino Unido. Una vez a bordo, hubo una demora de, aproximadamente, dos horas; resulta que lloviznaba y no había una pista disponible con la longitud necesaria para que el avión pudiera despegar.

Finalmente, después de mucho esperar, salió el vuelo que tuvo una duración de casi 11 horas. La cena consistió en ensalada italiana, filete mignon, flan y un chocolate Carlos V.

Al llegar a la terminal 4 del aeropuerto de Heathrow, presa de un agotamiento provocado por las largas horas de permanecer casi inmóvil y en una posicisión incómoda, además del desvelo, arrastré mi pies y mi equipaje de mano hacia la salida del avión. Ahí fuimos formados para ser inspeccionados por enormes perros (a los que yo les tengo pavor) y sólo cerré los ojos y controlé la respiración para evitar un encuentro más cercano entre alguno de los canes y yo.

Con mi apariencia para nada halagadora en ese momento, pasé el control migratorio donde, después de muchísimas preguntas, finalmente me permitieron el acceso. No sin antes advertirme, casi amenazarme, que el permiso era únicamente por 6 meses, a lo que repetidamente respondí que mi intención no era quedarme en la ciudad ni por 6 días.

Una vez reclamado mi equipaje, me dirigí pronta a la salida y pedí direcciones hacia el Underground (o metro). Existen varios precios, dependiendo de la distancia a recorrer, de la zona del destino, si se quiere utilizar el boleto por una sola vez, por todo el día, o todo el mes. Yo compré uno para todo el día, y me costó (en 2007) £7.30, o algo así como $160.00 pesos mexicanos.

Please mind the gap between the train and the platform. This is the Picadilly line service from Heathrow, terminals 1-2-3 to Cockfosters“.

Y así, en cada estación hasta que llegé a Russel Square, donde yo tenía que bajar, para caminar una cuadra y encontrar el Imperial Hotel, donde ya tenía reservaciones. Sin mayor problema, me hospedé en una de las muchas habitaciones con las que cuenta el hotel. A pesar del cansancio, sabía que debía recuperarme del jet-lag, y sólo tomé un baño para despabilarme y volví a salir para explorar la ciudad.

Lo primero que descubrí fue una pequeña tienda donde conseguí una tarjeta para llamar a casa y avisar que había llegado sin contratiempos. Fue la primera vez que vi y utilicé una de las emblemáticas casetas rojas de teléfono. Tras marcar la que, en ese momento me pareció una serie infinita de dígitos, logré comunicarme con mi familia, donde todavía era temprano.

Fue difícil encontrar un lugar para cenar, pues la mayoría de los establecimientos en Europa cierra muy temprano. No sé si por el frío, por costumbre, por flojera o por qué. El caso es que sólo recorrí un poco las calles de las áreas cercanas y me dispuse a descansar para comenzar mi día de la mejor manera.

Londres
Londres, de noche
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