Destino: Egipto

De nuevo inicio esta historia en el aeropuerto de Heathrow. Esta vez me dirijo a una de las ciudades más grandes del mundo: El Cairo.

Fue un vuelo relativamente corto, si lo comparamos con las 11 horas que duró el anterior (de México a Londres). El avión estaba medio vacío, o medio lleno, pero eso ya depende de cada quién. En fin, en la fila estaba sentada únicamente yo, por lo que me instalé cómodamente a lo largo de los tres asientos y me cubrí con una manta. Detrás de mí, venía una mujer de mediana edad, vistiendo velo, con su hijo de unos 4 o 5 años, que constantemente pateaba mi asiento a pesar de la insistencia de su madre de que parara.

Era de noche, en la ventanilla se veía la inmensidad del mar Mediterráneo y el cielo, que se fundían en una densa oscuridad. De cuando en cuando, se vislumbraban leves reflejos de las islas por las que sobrevolábamos, hasta que nos aproximamos a la gran mancha urbana de la gran ciudad de El Cairo, que evocaba un cofre lleno de piedras preciosas que brillan en la oscuridad.

Lo primero que captó mi atención fue que, a cada cierta distancia, había pequeñas luces verdes. Conforme fuimos perdiendo altura, la vista era más clara: las luces verdes iluminaban los minaretes de la infinidad de mezquitas que se extienden a todo lo largo y ancho de la ciudad.

Rebotó el tren de aterrizaje en la pista, ya pasaba de la media noche, y en vez de cansancio, sentí mucha emoción de estar en un lugar completamente diferente. Me hospedé en Giza, que está dividida de El Cairo por el gran río Nilo, pero en realidad son dos provincias que están juntas. En una de las avenidas, noté que los anuncios espectaculares, promocionando las mismas marcas que ya conocía, estaban escritos en árabe. Ahí fue donde sentí que realmente me encontraba lejos de casa.

En ese enajenamiento estaba, cuando noté que el tráfico no avanzaba, aún cuando eran cerca de las 3 de la mañana (hora local) y con asombro y extrañeza me fijé que la mayoría de los negocios estaban operando con normalidad. Pude ver a unas mujeres, probándose varios modelos nuevos en una zapatería. Gente cruzando la calle, con bolsas del mandado. Más adelante, un choque por alcance, nada raros en Egipto, donde la gente maneja con todo, menos precaución, según me percaté después. Al fin llegué a mi destino, el hotel donde descansaría escasas horas, antes de tomar otro vuelo, que me llevaría a Luxor.

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