Alguien me esperaba

Conocí a Abdallah en mi primer viaje a Egipto. Fue un encuentro fortuito, conversamos brevemente antes de continuar nuestro camino. Después olvidé el episodio por completo, hasta que, una noche de diciembre de 2009, como por la jugada más bizarra del destino, nos volviéramos a encontrar.

Aterrizó el avión pero aún no se detenía, el piloto lo hacía deambular, como indeciso. Cuando, por fin, se detuvo, miré hacia afuera y me di cuenta de que estaba en medio de la nada. Había un autobús, esperando para transportar a los pasajeros, de a poco, hacia la terminal. Mi espalda lanzaba verdaderas punzadas que me hacían agonizar, pasaba de la media noche y jamás me había sentido tan cansada, ni si quiera después de vuelos más largos. Tal vez era la ansiedad.

Todavía, mientras esperaba encapsulada en el interior del avión, una sobrecargo elogió los aretes que traía puestos y que había comprado la noche anterior en una tienda en Covent Garden.

Hubiera querido salir corriendo pero, la que me pareció una infinidad de pasajeros, me antecedían. Conté uno, dos, tres viajes del autobús antes que yo pudiera hacerme de un lugar en su interior. Llegué a la terminal y, de inmediato, adquirí la visa egipcia que está disponible a la llegada por la “módica” cantidad de USD $15.00.

Me dispuse a pasar por el control migratorio, mi pasaporte fue sellado y “Welcome to Egypt” me dijo el amable pero muy apático guardia. Corrí, volé, hacia la banda transportadora de equipaje, sólo para tristemente descubrir que la prisa que tienes es inversamente proporcional al lugar en el que llega tu maleta.

Entre la multitud, divisé a Abdallah, que casi de inmediato también me localizó también. Intercambiamos miradas y sonrisas. Nos dimos un abrazo que duró toda la vida. Mi cansancio y deseo de desaparecer de ese lugar estaba implícito. Rápidamente, me ayudó con el equipaje y nos subimos a un taxi que nos llevaría al centro de El Cairo. Aunque el trayecto no es realmente muy largo, normalmente se recorre en casi una hora. Sin embargo, por la hora que era, no tardamos demasiado.

Nos hospedamos en el hotel Arabesque, que poseía una inigualable vista de la intersección de las arterias principales del centro de la ciudad y, desde luego, del tráfico.

Cairo
Tráfico nocturno en la ciudad de El Cairo

Tras una amable bienvenida en el hotel, me percaté de que más que sueño, tenía hambre. Me preocupé un poco, porque supuse que a esa hora no iba a ser fácil conseguir algo para comer. Jamás había estado tan equivocada. El Cairo es una ciudad que no duerme, ni descansa. Es más probable encontrar cualquier establecimiento abierto, después de la media noche, que antes del medio día.

Improvisamos un refrigerio con las cosas que tuvimos disponibles a esa hora y, tras platicar acerca del viaje e intercambiar souvenirs que yo le llevaba desde México y que él me había traído desde otros países a los que había ido antes de encontrarnos en Egipto, decidimos descansar para que yo me pudiera recuperar del ya tan familiar para mí, jet-lag y, de igual modo, aprovechar al siguiente día desde temprano para recorrer juntos la ciudad.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ashanty sibilla dice:

    Leerte sin lugar a dudas es un placer, me llevas con cada lectura a esos magníficos lugares!

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    1. Para mí es un placer que mis experiencias te lleven de viaje, porque entonces estoy cumpliendo mi propósito. Besos.

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