Amanecer en el Monte Sinaí

A media noche, salimos en una camioneta junto con otros turistas con rumbo a la base del monte Sinaí. Ahí, donde según la tradición judeo-cristiana, Dios entregó a Moisés las Tablas de la Ley o “los diez mandamientos”. También conocido como monte Horeb o “gebel Musa” en la lengua local, se encuentra en la península del Sinaí, a más de 2 mil metros sobre el nivel del mar.

«Los hijos de Israel llegaron al desierto de Sinaí al cumplirse tres meses de haber salido de la tierra de Egipto. Después de salir de Refidín, llegaron al desierto de Sinaí y acamparon en el desierto. Acamparon allí, delante del monte. El Señor llamó a Moisés desde el monte, y Moisés subió para hablar con Dios.»

Éxodo 19: 1-3

Tras una hora de camino, hicimos una pausa en un paradero a mitad de la carretera, en medio de la noche, en medio de la nada. La luz de un foquito incandescente, alumbraba el interior de la tienda, donde era posible comprar un café, un té, agua o cualquier otra bebida, además de un snack para continuar la larga jornada que aún estaba por comenzar.

Empezaba a sentirse un poco frío, conforme íbamos ganando altura. Habían algunas cabras negras, que deambulaban entre los turistas que frecuentemente paran para abastecerse antes de emprender la escalada.

Durante el camino, escuché música para no quedarme dormida, aunque en algún punto, el sueño me venció. Finalmente, llegamos a la base. Cientos, miles de turistas de todas las edades y nacionalidades, arribaban al mismo tiempo con el mismo propósito que nosotros: Escalar durante toda la noche el monte Sinaí y llegar a la cima justo a tiempo para ver el alba.

Fuimos dotados de una lámpara de mano, botellas de agua y lo necesario para emprender el camino. Fuimos concentrados en equipos, con un líder beduino, que conoce el camino a la perfección, aún en la oscuridad que supone la noche. El nombre de nuestro equipo y “contraseña” era Tiger. Era la manera que tenía nuestro guía de reagruparnos en caso de que nos confundiéramos entre la muchedumbre. “Tiger” gritaba de cuando en cuando, mientras tratábamos de seguirle el paso.

Hacía frío, mucho. Esto es lo que más se padece, además del evidente cansancio físico y falta de oxígeno debido al veloz ascenso. El desierto, de por sí, presenta un clima extremo: fatigante y abrasador de día, y gélido por la noche. Además, hemos de considerar la altitud. Aún provistos de ropa térmica, el cascabelear de la mandíbula es inevitable.

A cada cierta distancia, hay simples tiendas al estilo beduino, donde es posible descansar y calentarse un poco, tomar un café caliente y recuperar el ritmo.

Cuando el frío y el agotamiento me parecieron demasiado, decidí continuar la escalada en camello. Lo cual fue aún más aterrador, puesto que, aunque me aseguraban que el animal conocía el camino tras recorrerlo diariamente, yo insistía con la idea de que caminaba a la orilla del acantilado y que un mal paso terminaría con las vidas de ambos.

Justo cuando creí que mis fuerzas no serían suficientes para lograrlo, comenzamos la última escalada hacia la cima. Un ligero resplandor se asomaba, vacilante, detrás del sistema montañoso que rodea al Sinaí. Así fue como me di cuenta de que ya casi amanecía y que, venciendo el cansancio, debía apurar el paso. Finalmente ¡lo logré!

Sinaí
Amanecer en el Monte Sinaí

Provistos de café caliente y una manta, nos instalamos en el borde de un acantilado. Nos sentamos como en actitud de pic-nic, y aguardamos para el inicio de ese mágico momento, irrepetible, memorable, por el que ahora valía la pena todo el esfuerzo. Nunca he sido una persona que disfrute de despertar temprano, siempre he dicho que son pocos los amaneceres que valen la pena observarse, éste era uno de ellos.

Independientemente de la fe que se profese, o si no se profesa ninguna, ese lugar hace a uno reconectarse con su espiritualidad. Tal vez por su historia, tal vez porque es remembranza de que la felicidad y los objetivos sólo se logran a través de arduo trabajo, compromiso y determinación. Aún cuando el camino es escabroso, cuando siempre haya miedo de caer y deseos de volver atrás, no hay que dejarse vencer. Literal y metafóricamente hablando.

Sinaí
Cima del Monte Sinaí

En lo alto, hay una pequeña capilla, dedicada a la Santísima Trinidad. Permanece cerrada, pero cientos de visitantes se congregan a su alrededor para dar gracias a Dios por la oportunidad de atestiguar tal panorama y de vivir tan inolvidable experiencia.

El descenso fue casi tan tortuoso como la subida. Las pequeñas piedras filosas lastiman las plantas de los pies, que duelen a través de la suela de los zapatos. Mientras la gravedad me jalaba hacia abajo y arqueaba mis pies como queriendo aferrarme al suelo fijo, el dolor de todos mis músculos era indecible. Mientras cuento esto, recuerdo que me repetí durante todo el camino que, aunque fue hermoso, jamás lo intentaría de nuevo.

Durante la hora y media que dura el camino de bajada, hicimos casi las mismas pausas que durante la noche. La diferencia es que, a esta hora, ya era posible vislumbrar el bello panorama desde las alturas.

Al punto del desmayo estaba, cuando me senté bajo la sombra de una enorme piedra y, casi inmediatamente, me quedé dormida. Sin embargo, habíamos de continuar, porque ya estábamos a unos pasos del Monasterio de Santa Catalina. Éste se encuentra en el sitio exacto donde, de acuerdo a la tradición escrita en las Sagradas Escrituras, Moisés se detuvo frente a una zarza que ardía sin consumirse.

Sinaí
Zarza que ardía sin consumirse

«En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro, Jetró, sacerdote de Madián. En cierta ocasión llevó el rebaño más allá del desierto, hasta el Horeb, el monte de Dios, y el Señor se le apareció en una llama que salía de un zarzal. Moisés observó con gran asombro que la zarza ardía sin consumirse y se dijo: “Voy a ver de cerca esa cosa tan extraña, por qué la zarza no se quema”.

Viendo el Señor que Moisés se había desviado para mirar, lo llamó desde la zarza: “¡Moisés, Moisés!”. Él respondió: “Aquí estoy”. Le dijo Dios: “¡No te acerques! Quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es tierra sagrada”. Y añadió: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Entonces Moisés se tapó la cara, porque tuvo miedo de mirar a Dios. Pero el Señor le dijo: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores y conozco bien sus sufrimientos. He descendido para librar a mi pueblo de la opresión de los egipcios, para sacarlo de aquellas tierras y llevarlo a una tierra buena y espaciosa, una tierra que mana leche y miel”.»

Éxodo 3: 1-8

En dicho lugar, fue erigida una capilla, donde luego se instaló un monasterio, que ha sido sede de las tres religiones monoteístas y Abrahámicas: judaísmo, cristianismo e islam. Su verdadero nombre es Monasterio de la Transfiguración, pero se le llama del otro modo a causa de Santa Catalina de Alejandría, mártir cristiana que fue sentenciada a morir en la rueda de la tortura. Tristemente, hoy en día, los cristianos en Egipto y en algunos países de mayoría islámica, siguen siendo perseguidos a causa de su religión.

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Monasterio de Santa Catarina del monte Sinaí

En el interior, además de capilla, también se halla una mezquita, que se encuentra cerrada debido a que, por un error, no está orientada hacia la Meca. Sin embargo, el hecho de que estas dos edificaciones se encuentren junto a la otra, hace del monasterio de Santa Catalina, un emblema de la armonía y un tratado implícito de paz que se encuentra vigente mientras campanario y minarete se sostengan de pie. También, se resguardan manuscritos, códices e íconos, que datan desde el siglo V; es la segunda colección más importante del mundo, de hecho, después de la Biblioteca Vaticana.

Al terminar el recorrido en el Monasterio, nos dirigimos de nuevo al transporte que nos había trasladado hasta ahí, para dormir durante todo el camino, salvo la escala que hicimos a medio camino para desayunar, en un restaurante cercano. Ya en Sharm el Sheikh, a media tarde, exhausta, continué mi maratón de sueño hasta el día siguiente.

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