Destino: Siria

Tras repetirse el incidente con el altavoz del minarete de la mezquita, contigua a mi habitación de hotel en Wadi Musa, desperté sintiéndome cansada aún. Nos despedimos de Mariana y Bernardo, quienes partían hacia otro destino.

Nosotros, empacamos después del desayuno y dejamos el hotel a la hora del check out. El dueño, hizo el favor de llevarnos en su camioneta tipo pick up junto con nuestro equipaje a la terminal de autobuses, que se encontraba bastante cerca de la entrada a la zona arqueológica de Petra. Tras agradecerle, abordamos el camión que nos llevaría a Amán, la capital de Jordania.

Viajamos toda la tarde, la oscuridad del camino no me permitió observar gran cosa, por eso no recuerdo muchos detalles. Sólo sé que cuando nos acercamos a la ciudad, me impresionó ver que era mucho más grande y moderna de lo que hubiera imaginado. Carecía un poco del encanto del medio oriente, transitamos a través de una larga avenida, desde donde se veían edificios y las luces que caracterizan a cualquier urbe.

Cansados, llegamos a la terminal en Amán, de donde abordamos un taxi que nos llevo a la puerta del New Park hotel, donde nos hospedamos pronto, después de la media noche. Decidimos no quedarnos en Amán, sino continuar nuestro camino a Siria, el país natal de Abdallah. En la misma recepción, entonces, nos ofrecieron llamar un servicio de taxi que nos llevaría a través de la frontera entre estos dos países y nos llevaría a Damasco. Accedimos, a pesar de que pasarían por nosotros muy temprano, lo cual nos daba sólo algunas horas para descansar.

Después de un baño caí inmediatamente dormida, hasta que una llamada interrumpió mi sueño, indicándome que el taxi estaba abajo, esperando por nosotros. “¿¡Tan pronto amaneció!?” me repetía mientras guardaba lo poco que había sacado de mi maleta y me lavaba los dientes. Bajamos a toda prisa y abordamos el taxi, donde también viajaban otras mujeres, una jordana y otra siria, que serían nuestras compañeras de viaje.

A medio camino compramos pan y café, que fue nuestro desayuno. La siguiente parada que hicimos fue en la frontera, a la que llegamos pronto, si ponemos en perspectiva que íbamos de un país a otro. Tras una larga fila para sellar el pasaporte a la salida, había que recorrer un pequeño tramo hasta donde habrían de darme la visa siria.

Esto significaba una preocupación para mí puesto que, tanto Abdallah como las otras mujeres podían transitar sin un permiso migratorio especial, pero yo no llevaba una visa desde mi país, puesto que no existe embajada o consulado de Siria en México. Existía la posibilidad de obtener visa on arrival, debido a esta particularidad, o también podía ser que me dijeran que las leyes eran claras y que, para poder entrar a Siria, era preciso contar una la debida visa expedida en mi país.

Tras un buen rato de espera, de llenar miles de formularios y tratar de explicar la situación, obtuve mi visa siria por 15 días, durante los cuales debía estarme reportando a menudo con las autoridades migratorias de la ciudad en donde me encontrara. “Sí, sí, ya dame mi pasaporte” quería decirle, aunque sólo me limité a decir shokran (“gracias”, en árabe).

El resto, fue más fácil. Es increíble cómo, de un país a otro, el paisaje cambia tanto. Una vez cruzada la frontera, a lado y lado de la carretera, se empiezan a observar plantíos de arbustos de aceitunas, lo que da un toque de verdor al horizonte.

Y así continuamos hasta llegar a Damasco, la hermosa y antiquísima capital de la República Árabe de Siria. Desafortunadamente, no nos quedamos ahí, sino que nos dirigimos a otra estación de autobuses, donde tomamos un transporte que nos llevaría hasta Lattakia.

Damasco
Minarete de una mezquita en la ciudad vieja de Damasco

El puerto de Lattakia es una ciudad costera frente al Mediterráneo, capital de la provincia del mismo nombre, de donde es Abdallah. Arrivamos cuando caía la tarde, nos hospedamos a un hotel con vista al mar, desde donde se observan los barcos de contenedores que transportan mercancía de y a todas partes del mundo.

Me sentía feliz de, finalmente, conocer este país del que, hasta antes de la revolución de 2010, no se hablaba mucho, a pesar de poseer grandes riquezas culturales y la capital más antigua del mundo: Damasco. Este es mi primer capítulo de los muchos que se escribieron sobre mi vida en la bella, mi amada Siria.

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