Ciudadela de Saladino (Qal’at Salah al-Din)

Emprendimos el viaje hacia la ciudadela de Saladino, (Qal’at Salah al-Din en árabe), alguna vez también conocida como Saone, se ubica a escasos 30 km de Lattakia. Junto con Le crac des chevaliers, en 2006 fue inscrito a la lista de la UNESCO que la acredita como Patrimonio de la humanidad.

Desde la terminal de autobuses tomamos un transporte que nos llevó hacia la pequeña comunidad de Al Haffah, donde hicimos una pausa para comer. Ya ahí, tomamos un taxi que, tras discutir un precio conveniente tanto para nosotros como para el conductor, nos llevó a través de un caprichoso camino a través de las montañas.

Ha sido la carretera más peligrosa que he transitado. Durante ciertos tramos, solamente hay paso para un sólo vehículo y, justo cuando crees que el camino ha sido interrumpido por un acantilado, hay que girar más de 180 grados para continuar en sentido contrario, digamos en zig zag pero de manera descendente primero, y ascendente después.

Lattakia
Curvas peligrosas

En fin, llegamos. Acordamos con el taxi que le llamaríamos para que fuera por nosotros en cuanto termináramos el recorrido ya que, en lo alto, no hay otro medio de transporte ni habitantes ni nada más que el castillo y decidimos no correr el riesgo de quedarnos varados.

Hay un detalle peculiar en este sitio. Aún cuando la fortificación se encuentra en la parte más alta del paisaje, el acceso no es a través de una escalinata, como en otros lugares parecidos, sino que el camino fue “excavado” a través de las rocas, para formar un camino entre la montaña.

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Acceso excavado en la roca

A partir de ahí, subimos una escalinata que nos condujo a la entrada principal de la ciudadela, donde nos recibió un hombre que nos trató amablemente y nos vendió las entradas. Sin demora, comenzamos la visita al interior del recinto.

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Escalinata que conduce a la Ciudadela de Saladino
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Entrada principal

Justo como cuando visitamos Le crac des chevaliers, éramos pocos los visitantes. Esta vez sí encontramos a unos muchachos que, aprovechando la tranquilidad y la magnífica vista, decidieron disfrutar el momento con un buen libro.

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Vista de la Ciudadela desde una de las torres

También de estilo medieval, un poco menos conservada que el castillo de los caballeros, en Homs, la ciudadela de Saladino es una joya única de Siria. No sólo por su riqueza cultural e histórica sino, además, por su ubicación privilegiada, desde donde es posible observar el hermosísimo paisaje natural característico de Siria.

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Bosques de Siria

Este lugar fue fortificado, al menos, desde mediados del siglo X. En el año 975, el emperador bizantino Juan I Cuarcuas (Tzimisces) capturó el sitio y permaneció bajo el control bizantino hasta alrededor de 1180. A principios del siglo XII, los franciscanos asumieron el control y formó parte del recientemente formado estado Cruzado, de la principalidad de Antioquía. Fue en esta etapa, donde el castillo tomó mucho de su apariencia actual.

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Ciudadela de Saladino

En 1188, cayó ante las fuerzas de Saladino, después de un sitio de tres días. El castillo fue sitiado de nuevo en 1827; esta vez, ambos, atacantes y defensores eran mamelucos.

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Interior de la Ciudadela

Tras la fascinación provocada por la belleza arquitectónica y los siglos de historia que encierra este lugar, continuamos nuestro camino hacia el ala norte de la fortificación. Como cuando uno abre un cofre que esconde el brillo de un diamante, así, tras las murallas de piedra que vieron batallas campales a través de los años, es inevitable que se nos escape un suspiro de asombro al llegar al punto más alto, desde donde se observa, además del hermoso bosque montañoso, la muralla que continúa a través de la forma caprichosa del terreno.

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Fortificación de Qal’at Salah al-Din

Con sus puestos de vigilancia a cada determinada distancia, viene a mi mente un poco la película de El Señor de los Anillos, en donde se observa la utilidad que se le daban a estas “casetas”, desde donde hacían arder grandes piras, a fin de esparcir una noticia de alarma o ataque. Imagino un poco cómo pudo ser este lugar con vida, cuando era un edificio que tenía un propósito, cuando no pertenecía a la historia, sino al presente.

A lo lejos, se observa el lago Tishreen, como un reflejo dorado de los rayos del sol que va cayendo junto con la tarde. Más allá, sin duda, el mar Mediterráneo.

Mi amada, mi bella Siria ¡cuánto te extraño!

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