Los cedros de Líbano

“Era el más alto de los árboles del campo, sus ramas se habían multiplicado, su ramaje cubría todo su derredor gracias a la abundancia de las aguas. En sus ramas anidaban todos los pájaros del cielo y numerosos pueblos se cobijaban bajo su sombra. Su altura, sus largas ramas constituían su belleza, sus raíces estaban orientadas hacia abundantes aguas. Ningún cedro le igualaba en el jardín de Dios: ni los cipreses tenían tales ramas, ni los plátanos, tal follaje”.

Ezequiel 12, 5-8

De las tantas bellezas que Líbano tiene para ofrecer y deleitar a sus visitantes, hay una. La más grande, la más hermosa, la que a todos intriga y la que es atesorada como lo más preciado que tiene este país: su reserva de cedros.

Al-Shouf
Reserva de cedros Al-Shouf

El cedro de Líbano tiene tal importancia que hasta ondea portentoso en el centro de la bandera. Innegable símbolo de su gente, de su cultura, de su historia, de sus raíces. Es, en sí mismo, símbolo de grandeza, de alto tallo y exuberante follaje.

Sé de árboles. Sé de árboles grandes. Nací y vivo en una región tropical en México, con especies endémicas de árboles perennifolios. De esos que provocan que la luz del sol casi nunca toque la húmeda tierra que los alimenta. Carlos Pellicer, el poeta de América, habla de la Ceiba, un magnífico ejemplar de estos árboles a los que me refiero, y lo describe así:

“La ceiba es es un árbol gris,
de gigantesca figura,
se ve su musculatura
medio manchada de gis

Navegando por el río,
súbitamente apareces.
Te he visto así, tantas veces,
y el asombro es siempre mío”.

Sé de árboles grandes, sí. Pero la primera vez que me vi frente al grandioso cedro, inalcanzable, de verde follaje y majestuosa estructura, no pude más que sentirme arrobada por su belleza, por su elegancia.

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Cedro enorme

Llegamos por la tarde, después de haber visitado (y habernos perdido en el camino) el Palacio de Beit ed-Dine. Tomamos un mini bus que nos dejó en la entrada de la ciudad de Beiteddine, caminamos un poco y acordamos un precio con un taxi, que nos llevó a través de un caprichoso camino por las montañas hasta la Reserva de Al-Shouf.

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Reserva de cedros Al-Shouf

Se nos había hecho tarde y nos preocupaba que, siendo invierno, ya no encontráramos abierto. Aunque el horario de cierre era hasta las 5 de la tarde, en esa época del año el sol se oculta más temprano y no hay mucha afluencia de turistas, por lo que era muy probable que ya no hubiera nadie, tal vez desde el medio día.

Aún así, corrimos el riesgo, tratándose los cedros de tan importante punto de atracción para quien visita Líbano. Efectivamente, cuando llegamos, las puertas al parque estaban cerradas y no había nadie alrededor que pudiera vendernos un boleto u orientarnos sobre lo que debíamos hacer. El gran problema es que al siguiente día, muy temprano, tomaríamos un vuelo de regreso a El Cairo, por lo que ésta representaba nuestra única oportunidad.

Al ver nuestra decepción, el conductor del taxi nos sugirió cruzar la cerca, a través de una parte vulnerable que había detrás de la taquilla. Sin dudarlo, Abdallah y Rodrigo se dirigieron hacia ese punto y fácilmente pasaron al otro lado. Yo lo dudé un poco más y decidí cruzar por otro punto. El conductor acercó el taxi hacia donde traspasaba una rama, sugiriéndome subir al toldo del vehículo y, después, a la rama. Resultó ser una buena idea, excepto porque rasgué mi pantalón y dejé caer al vacío el smartphone nuevo que traía en el bolsillo.

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Taxi que nos llevó a la Reserva

Cuando estaba en la parte más alta de la cerca, sin embargo, mi abrigo también se trabó con uno de los alambres de la malla y, mientras intentaba soltarlo, el conductor me advirtió con un grito: ¡Pronto, que hay radar! Pequeño detalle que olvidó mencionarme, minucia. Cerré los ojos y me dejé caer al otro lado donde, de inmediato, me reuní con Abdallah y Rodrigo.

La niebla rodeaba las montañas y reducía la visibilidad del camino, lodoso, debido a los esporádicos manchones de nieve que se empezaban a derretir. Por momentos, parecía uno estar inmerso en la escenografía de una película de terror; en otros, la neblina se disipaba y se dejaban asomar los impresionantes troncos de los cedros, a contraluz de los rayos dorados del sol que amenazaba con ocultarse pronto.

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Atardecer en los Cedros

Está estrictamente prohibido, introducir alimentos, tirar basura, iniciar fogatas y arrancar partes de los árboles o retoños; y, en general, cualquier cosa que ponga en peligro la conservación de tan magnífico parque. La manera en la que accedimos no fue la más adecuada, sin duda, pero estábamos plenamente conscientes de que, con esto, no dañábamos a las especies.

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Cedros jóvenes

El peculiar olor del follaje de los árboles, impregnaba el ambiente. La nieve jugaba un papel importante al complementar el paisaje, contrastando con el verde oscuro de las copas más altas de los cedros que han estado ahí por más tiempo, y con el verde más intenso de los brotes más jóvenes. A esta sinfonía de colores, se unía el anaranjado del caer de la tarde.

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Contrastes

Del majestuoso Líbano en la cumbre
erige su ramaje el cedro altivo,
y del día estival bajo la lumbre
desmaya en los senderos el olivo”.

Julián del Casal (El Camino de Damasco)

Al-Shouf
Atardecer en la reserva de los Cedros de Líbano

Tristemente, debíamos retirarnos, pues el conductor del taxi esperaba, sin duda impaciente, para llevarnos de vuelta hasta Beiteddine. Pero la aventura estaba lejos de terminar. Del mismo modo en que habíamos traspasado la cerca hacia la Reserva de Al Shouf, ahora habíamos de repetir la hazaña, para poder salir. Esta vez, con grado de dificultad: la penumbra, esa hora en que no es de día ni de noche, en la que la visibilidad es casi nula.

Nos dirigíamos hacia la salida, cuando escuchamos una animada conversación en árabe. A lo lejos, observé a nuestro taxista hablando con otro hombre… ¡Con rifle en mano!

Infinidad de teorías me vinieron a la cabeza: “Ya nos van a llevar presos, ya nos van a fusilar, ya nos van a deportar… Pero ¿cómo se habrán dado cuenta?… ¡El radar!”. Mamá: si estás leyendo esto, no soy yo, me hackearon.

Para mi sorpresa (y gran alivio), el hombre se acercó y me extendió su mano para ayudarme a bajar de la incómoda y ridícula posición en la que me encontraba, encaramada sobre la cerca rematada en varias hiladas de alambre de púas. Supongo que el conductor del taxi pronto leyó la angustia en mi rostro, por lo que, amablemente, me informó que se trataba de un civil que se encontraba de cacería y notó nuestra presencia. Me volvió el alma al cuerpo.

Abordamos nuestro taxi y comenzamos el descenso, después de nuestra intrépida aventura. Al llegar a Beiteddine, tomamos otro transporte que nos llevó de regreso a Beitut, donde volvimos caminando al hotel.

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