Crónica de un robo anunciado

Muy temprano, nos dirigimos al aeropuerto de Beirut. La noche anterior, nos habíamos despedido del entrañable Rodrigo, que fue nuestro compañero de aventuras por el tiempo que estuvimos en Líbano, esperando encontrarnos de nuevo, algún día, en algún otro lugar.

Nos dirigíamos de vuelta a Egipto, por algunos días, antes de tomar el avión de vuelta a casa. Venía cargando, desde el principio, mi maleta llena de ropa, abrigos, sombreros, botas y demás tonterías que una mujer siempre se empeña en traer consigo a toda costa.

Conforme fui visitando lugares, fui adquiriendo objetos, ya sea como regalos para mi familia, amigos o, incluso, para mí. Cuando nada de esto cupo ya en la primera maleta, compré otra y la atiborré también. Sabía de antemano que debía pagar exceso de equipaje en todos los vuelos que tomara a partir de ese momento, pero no me importó mucho, puesto que todo lo que uno adquiere en otro lugar al que probablemente nunca volverá, tiene un valor incalculable.

Tomé mis precauciones (nunca, nunca son suficientes ni demasiadas, ténganlo en cuenta). Cerré mis maletas con candados, de los pequeños que siempre vienen con un juego de llavecitas como de juguete. Llegamos al aeropuerto y documentamos en el mostrador de MEA (Middle East Airlines) y, para mi sorpresa, todo nuestro equipaje fue aceptado ¡sin recargos!

Abordamos el avión y disfrutamos de un ligero y sabroso desayuno a bordo; luego de poco menos de dos horas, aterrizamos en el aeropuerto internacional de El Cairo. Procedimos a la rutina de sellar el pasaporte y recoger el equipaje. Llegó una de mis maletas, entre el equipaje de los demás pasajeros que consistía, en su mayoría (y esto me llenó de mucha curiosidad), de cajas de cartón. Al final, se detuvo la banda transportadora y sentí ese mini infarto al darme cuenta de que mi segunda maleta, la que estaba llena de regalos y souvenirs, no había llegado.

Junto conmigo, se encontraban otros pasajeros en la misma situación y, pronto, nos dirigimos al mostrador de la aerolínea donde, con toda calma, nos explicaron que debido al exceso de carga, el equipaje que ya no “cupo” en este avión, sería mandado el próximo, al día siguiente, a esta misma hora.

Cairo
Aeropuerto internacional de El Cairo

Desde ese momento, sabía que nada iba bien. Hubiera preferido pagar el precio por mi maleta extra, y que la aerolínea hiciera pagar a todos por sus ridículas cajas de cartón (¡QUE SÍ LLEGARON!) en vez de tomarse atribuciones que no les corresponden y decidir, así sin más, cuándo llegan las cosas de uno. ¿Qué tal que en ese mismo momento hubiera tenido que tomar otra conexión, un vuelo a otro lugar? ¿Quién se iba a responsabilizar por eso?

En fin, afortunadamente, mis enseres personales estaban en la otra maleta, la que sí llegó, junto con los objetos de mayor valor que se me ocurrió “ocultar” en el fondo. Al cabo de dos días, llevaron la faltante al hotel donde me hospedaba en El Cairo. Otro mini infarto se apoderó de mí cuando, al cargarla, sentí que era mucho más liviana de lo que era cuando salimos de Beirut.

Al abrirla, tristemente vi que la mitad de mis cosas había desaparecido y, lo que tuvieron a bien no sustraer, estaba todo revuelto. Uno se siente tan invadido, al ver que tu privacidad es vulnerada, que alguien hurgó entre tus objetos personales. Y no duele perder la cantidad en dinero de lo que costaron las cosas, sino ese pedacito de cariño que se traduce en llevar algo a alguien, en quien pensaste cuando lo adquiriste.

A partir de entonces, siempre tomo las medidas pertinentes para sellar mis maletas con todas las medidas de seguridad posibles. En estos casos, las aerolíneas no son responsables del hurto, sino el personal del aeropuerto que se encarga de trasladar las maletas de las bandas al avión y viceversa. Las abren y revuelven rápidamente, en busca de cualquier cosa que puedan llevarse a casa o vender en otra parte. De antemano, no tocan las que suponen mayor complejidad al momento de destapar, las que vienen atadas con cinturones, o envueltas con ese plástico que se volvió tan popular últimamente y sin el que ya no salgo, nunca más.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ana dice:

    Que lastima (y que broca!) que pasen estas cosas.

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    1. Sí, es una pena. Ni modo, a rogar que no vuelva a pasarnos. Saludos.

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