Los templos del Nilo II

3 años atrás, me habría despertado relativamente temprano, para tener tiempo de desayunar cualquier cosa, antes de dirigirme al aeropuerto de Aswan, donde tomaría el vuelo hacia el pequeño aeropuerto de Abu Simbel.

Recuerdo que el avión era pequeño, muy, más bien parecía autobús. Y estaba lleno de extranjeros, todos, con el único propósito de estar frente a las cuatro grandes esfinges de Ramsés II,  aquella imagen que seguramente todos hemos visto en alguna fotografía, revista o televisión.

Esta vez era distinto. Atrás quedó todo el glamour de los aeropuertos y del outfit viajero, casi intacto, tras los escasos 40 minutos de vuelo. Ahora, con una lista más amplia de países por visitar, debíamos hacerlo todo de una manera más económica.

Decidimos viajar por tierra, saliendo desde la ciudad de Asuán, en un recorrido que debía durar 6 horas pero siempre dura más. Lo ideal es contratar el recorrido, a través de las múltiples (créanme) agencias de viajes que ofrecen sus servicios en la ciudad y, en general, en todo Egipto. Alrededor de las 4 de la mañana, la camioneta pasó a buscarnos al hotel y, junto con otros pasajeros, nos dimos cita afuera del sitio del Obelisco inacabado. Ahí, esperamos a todos los demás autobuses y vehículos que, en conjunto, saldrían a la misma hora, por la misma ruta y hacia el mismo destino, siempre custodiados por la policía turística de Egipto.

Esta medida se tomó a partir de la inestabilidad política y social que se vive en Sudán, el país vecino, que colinda ya con el magnífico templo de Abu Simbel; todo esto, para procurar la seguridad y bienestar de los visitantes, puesto que se tienen reportes de que, en algunas ocasiones, aprovechando las condiciones del inhóspito camino, se registraron algunos secuestros y se mantuvieron a algunos turistas como rehenes, con la finalidad de hacer cumplir sus peticiones ante las autoridades de ambos países.

Verdad o no, lo cierto es que, desde mi percepción, no corríamos peligro alguno. Tal vez sea porque fueron hechos aislados y de hace ya mucho tiempo. Será eso, o será que he ido tantas veces a lugares “de conflicto”, que aprendí a juzgar a un país por su realidad y no por el sensacionalismo de la prensa.

Tras varios momentos de cabeceo y dormitadas, finalmente llegamos a Abu Simbel, tan majestuoso como mi memoria recapitulaba. Pero, al mismo tiempo, tan nueva, tan inexplorada y lista para ser re descubierta.

Asuán
Templo de Ramsés II en Abu Simbel

Ahí estaba Ramsés II, como si su reinado hubiera trascendido a través de los 3 mil años de historia y aún contemplara la grandeza de su poderío, a través de las impávidas estatuas que se levantan mirando directamente al sol naciente, al dios Ra que lleva en su mismo nombre.

Asuán
Esfinges de Ramsés II

Esta vez, noté detalles que hacía 3 años había pasado por alto. El templo está dedicado a Ra, Amón y Ptah, las tres deidades principales del antiguo Egipto; y, además, asciende a Ramsés a la categoría de dios, situando su imagen junto a ellos. De igual manera, debajo de los cuatro colosos del faraón, se encuentran pequeñas estatuas que representan a la familia real.

Asuán
Representación del dios Horus en el Templo de Ramsés II en Abu Simbel

En la entrada, hay un bajorrelieve y pequeñas esculturas de Horus, con cabeza de halcón. Hay, también, una estela que está grabada con motivos que representan al pueblo hitita derrotado y esclavizado, hoy en día Siria y Turquía. Son notables en la talla, los rasgos físicos y rasgos como barbas y cabello ondulado que caracterizan a esta población, a diferencia de los rostros lampiños y pelucas lacias de los egipcios.

Asuán
Representación del pueblo hitita en una estela del templo

Tras recorrer el sitio, abordamos de nuevo la camioneta para volver a Asuán. Antes de llegar a la ciudad, pedimos bajarnos cerca de la presa, que reprime el agua del Nilo, originando un gran lago de grandes proporciones.

Asuán
Río Nilo en la presa de Asuán

Justo en medio, hay una singular isla, donde se erige el templo de Philae. Perteneciente a la era ptolemaica, el templo y la isla están íntimamente ligados, no sólo por la geografía, sino también por la historia. Cuando se construyó la presa, el aumento del nivel del agua fue inminente, inundando el templo hasta un metro de altura.

Asuán
Templo de Philae, con la marca del nivel de agua por el tiempo que permaneció sumergido

Hecho el daño, la UNESCO auspició un programa de rescate, desmontando los monumentos de Philae, pieza por pieza y trasladados al cercano islote de Agilkia.

Asuán
Columnata del Templo de Philae, dedicado a la diosa Isis

De los distintos edificios que conforman el conjunto arquitectónico, se encuentra uno denominado Quiosco de Trajano, un inequívoco ejemplo de la arquitectura de la dinastía de los ptolomeos.

Asuán
Quiosco de Trajano en Philae

Para llegar a este lugar que, además, ofrece una increíble vista en la que se conjuga la antigüedad con la belleza natural del Nilo, es preciso atravesar la llamada Puerta de Adriano, en cuyos muros fueron grabados los últimos jeroglíficos de los que se tienen registro, fechados el 24 de agosto del año 394 d. C. De igual manera, el resto del templo está cubierto con grabados llenos de simbolismos, relatos y escenas religiosas.

Asuán
Jeroglíficos en relieve

Tras la caída del imperio, con la era cristiana, éste y otros templos corrieron la misma suerte de ser empleados como templos coptos, tal como ha quedado plasmado en diversas áreas del complejo.

Asuán
Cruz copta grabada sobre los jeroglíficos de una columna

La travesía por los templos junto al Nilo es un recorrido no sólo a la par del afluente, sino a través de la historia del alguna vez imponente, majestuoso e invencible Egipto.

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